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7 de enero de 2014

Luz y color

Hacía ya mucho que el sol se había puesto y el frío calaba hasta lo más profundo del corazón. Apenas indistinguible entre la oscuridad de la noche, un denso enjambre de nubarrones tapizaba el cielo. Amenazaba tormenta. El silencio era agobiante, opresivo. No se movía nada, ni una brizna de aire. Pese a la quietud, una casi palpable intranquilidad reinaba en el entorno.

Un silbido rasgó la oscuridad, largo y continuo, como un cuchillo rasgando un telón desde el peine hasta las tablas. La sorpresa fue absoluta, algo había roto la calma. Pero la sensación no fue de alivio sino de malestar, fruto de la incertidumbre. Al menos así fue para los que andábamos despiertos a esas horas, amigos de combatir la oscuridad con un cigarro. el silbido se hizo eterno pero lo que vino después le quitó toda importancia. Si el silbido había rajado el silencio, el estruendo que vino a continuación lo destrozó, lo deshizo en mil pedazos hasta reducirlo a polvo. Ese estruendo rompió muchas más cosas, pues el silencio había sido lo de menos. Esa detonación era el grito de una explosión de luz, esparciéndose como una fuente incandescente de infinitos colores. Era un cohete lanzado contra la oscuridad; una bomba de alegría decidida a destruir la quietud, a combatir las negras nubes a golpe de color. 

Perplejos, atónitos, son adjetivos que se quedan cortos. Era algo con tantísima energía que nos paralizó. Parálisis fugaz, desterrada por la emoción que agitaba todo el cuerpo. Una explosión detonada por aquello que acababa de golpear el cielo. Alegría, esperanza, una suerte de felicidad contagiosa, así porque sí. Ese es el efecto que tiene.

No pretendo que lo entendáis, pero esta pequeña descripción es lo que más se parece al efecto que tienen algunas risas. La suya, por supuesto.

Texto reciclado. Sin fecha. Algún momento de 2013

Paz entre el ruido, un ruido que funciona como la música más atronadora, que atonta la cabeza e impide pensar. Barrera a todo pensamiento, no sólo a los indeseados –por desgracia– sino a todos. Un constante estado de coma cerebral. Un discurso pendiendo de una coma, sin decidirse a llegar al punto, a terminar de una vez por todas. Así funciono a veces, no sé si vosotros también, apartando aquello que nos perturba y enterrándolo. Barriendo mis problemas debajo de la alfombra. Pero no hay alfombras infinitas y terminará por no ser suficiente; entonces me ahogaré en mi propia suciedad.

Buscamos mil y una formas de ser felices pero a la larga no hay droga que coloque este desorden ni música que acalle los gritos. Estamos enfermos, intoxicados por nuestra incapacidad para resolver ciertos problemas. En algún momento alguien mutiló nuestra autonomía y nos dejó como barcos al pairo. Corderos que confían en un cabrón disfrazado de pastor. Se nos ha derrumbado el mundo y no tenemos herramientas para defendernos. Ganado perdido sin las vallas del redil.

En lugar de regocijarnos en nuestra libertad nos aferramos al primer atisbo de seguridad, conscientes de nuestra desorientación, o nos atontamos con basura. Cualquier cosa que mate nuestro tiempo. ¿No es triste esa expresión? ¿Desde cuándo el tiempo es algo que nos sobra? ¿Desde cuándo nos agobia tanto el presente que queremos que pase, que queremos matarlo? El tiempo es probablemente el recurso más valioso que tenemos y en esta época de abundancia lo malgastamos como si nos sobrase. Idiotas. Usemos cada segundo como si fuese el último porque llegará un día en el que lo será y no podremos hacer nada para evitarlo. Invirtamos el tiempo en tener más, en vivir más y sobre todo mejor. No nos limitemos a existir pudiendo exprimir este regalo al máximo. Ya que no confiamos en una segunda vida eterna, vivamos esta.

Pero el tiempo no lo es todo. Importa más una hora de felicidad que una semana de tedio. Nuestro objetivo en este mundo no debería ser otro que ser felices a pesar de cualquier cosa. Enfrentarnos a nuestros problemas y vencerlos, no esconderlos ni dejar que nos puedan. El único sentido que puede tener la vida es ser feliz. Porque sino, ¿para qué vivir? ¿para qué perpetuarse durante años para ser infeliz? Todo lo demás debería ser circunstancial, todo aquello que no nos llene, que no nos impulse a vivir un día más, a levantarnos cada mañana con ganas. Todo eso deberían ser accesorios que nos ayudasen a hacer lo que nos haga felices, meros adornos; y no el elemento principal de nuestras vidas. Tenemos nuestra escala de valores invertida y nos desvivimos por estupideces. Probablemente el niño cuyo único objetivo es jugar o el adolescente que enfoca su semana en tener un fin de semana inolvidable son los que están disfrutando de su vida. En esencia aquellos que viven la vida con ilusión.

Viéndolo con un poco de perspectiva, en realidad damos mucha pena. Es infinitamente triste que, como especie, llevemos más de 2000 años buscando cómo ser felices. La receta para ser felices a pesar de la adversidad. De la filosofía helénica a los libros de autoayuda. Poca novedad y ninguna solución. 


Texto reciclado. Sin fecha. Algún momento de 2013


27 de diciembre de 2013

La liquidez

Bajo cero, oscuro tras las ventanas, la habitual orgía de comida sobre la mesa y el torrente rubí necesario para tragar estas fechas descorchado. Días pensados para festejar el nacimiento de un dios al que ya pocos adoran, disuelta ha quedado la esencia de la tradición. Ahora es mero teatro, pura máscara tratando de justificar la celebración, institucionalizar que nos cae bien la familia y hacer de ello un evento anual. Como si cada cual no pudiese celebrarlo a su manera. No, la máquina del consumo exige que le digas "te quiero" a tus hijos con una avalancha de regalos en un día concreto.

Pobres de aquellos que no tengan familia o la tengan demasiado lejos, pues les toca capear estos días en la más abrumadora y fría soledad. Pobres de aquellos que no se lleven bien con sus parientes, porque se verán obligados a escenificar una monumental farsa bajo riesgo de una Tercera Guerra Mundial; y en última instancia, sentirse solos rodeados de gente, la más desquiciante y desoladora de las soledades. Se puede optar por un mar de tinto en lugar de uno de sangre para sobrellevar estas reuniones, no todo tiene que ser una Boda Roja.


Este tipo de situaciones, estas fechas y todo lo que se supone que significan, demuestran –a mi parecer–, lo perdidos que estamos como sociedad, la falta de referentes, valores y creencias. Llevamos siglos luchando por estas libertades, por esta autonomía. Tratando de emancipar la razón del dogma, prendiendo fuego a iglesias y apaleando supersticiones. Siglos puño en alto para echar a los dioses del día a día, para deshacernos de los discursos totalistas. Siglos luchando por una libertad para la que no sabemos si estamos preparados, si tenemos la mentalidad necesaria para afrontar el mar de la incertidumbre sin naufragar en un psiquiátrico o hundirnos en la bebida. ¿Somos de la clase de personas capaz de vivir estos tiempos con entereza? ¿Somos ese "nuevo hombre" tan en boca de Nietzsche, anarquistas u otros filósofos que soñaban con un futuro libre y brillante? ¿Hemos llegado a ese nivel intelectual, a ese estado mental del niño nietzscheano o seguimos siendo corderos, que creyéndose leones expulsaron a los pastores y ahora no saben dónde ir? ¿Somos todos capaces de no ahogarnos en el "todo vale"? Quizá. No elegimos el tiempo en el que vivimos, por mucho que nos esforcemos. Sólo está en nuestro poder decidir qué hacer con el tiempo que nos ha sido dado (como bien decía el mago). La respuesta a esas preguntas es más bien irrelevante. Nos toca a cada uno buscar a qué agarrarnos en estos tiempos de confusión o aprender a nadar en estas aguas. 

Nunca hemos sido tan libres, nunca hemos estado tan solos.

26 de diciembre de 2013

Diciembre

Se ha ido el frío. Hace frío fuera, es Diciembre y nieva, pero no es ese frío. No me he comprado un polar ni una estufa. Tampoco me he dejado los ahorros en licor. No, era un frío que venía de dentro, un frío que brotaba de un oscuro pozo que a veces se nos olvida que tenemos (creo que ya os he hablado de él). Algo ha tapado ese pozo. Y os puedo garantizar que no ha sido a base de objetos ni de comidas navideñas, ya se había ido para entonces.

Es curioso, uno no sabe qué o quién llenará ese pozo hasta que te das cuenta de que ya no tienes frío. Entonces miras hacia el pozo y ahí esta el responsable. Supongo que es así como funcionan las cosas: no sabes lo que quieres hasta que se te planta delante, se choca contigo y te suelta "Hola". Y tú piensas: "joder, era esto". A veces somos así de idiotas.

Así que ven, quédate, que matamos el frío de un beso.
Y gracias.

9 de diciembre de 2013

Un ancla en las costillas

Os voy a contar por qué llevo un ancla encajada en las costillas. Tiene que ver con mi casi obsesiva costumbre de usa metáforas náuticas para todo. Costumbre que, sospecho, tiene su origen en una temprana afición a la serie de novelas de Aubrey y Maturin (para el que no lo sepa, en las que está basada la película de Master and Commander) y demás del estilo: Stevenson, Salgari, Jack London...

La función de cualquier ancla es evitar que el barco sea arrastrado por la corriente o el viento, un punto fijo, un punto de apoyo o agarre.  Es un no dejarse llevar por las circunstancias, es calma cuando la mar se pica. No es, sin embargo, pasividad. Los barcos, a fin de cuentas, no se hicieron para coger moho en un puerto. El ancla es la libertad de cualquier barco de no tener que depender de ningún puerto, la libertad de ir y venir a placer. Siempre debería ser potestad de uno –aunque no suela serlo– el decidir sobre su propio destino, sobre el curso de su vida. El poder resistirse a las circunstancias, el no dejarse llevar por la corriente, por el rebaño. El poder decidir cuándo, cómo, con quién y hacia dónde navegar. Mi ancla no deja de ser un recordatorio de esa célebre cita de Churchill (parafraseando a su vez a Henley) "We are still masters of our fate. We still are captain of our souls". No importa cuál sea la situación, no debemos perder el control de nosotros mismos. Salvo que queramos perderlo, claro está.




25 de noviembre de 2013

Love is hard

Amar es duro, como construir un castillo de arena en plena tempestad. Es duro porque sabes que tarde o temprano se va a ir todo a la mierda, pero es estúpidamente precioso porque aún así seguimos construyendo castillos y enamorándonos. 

Es quizá de las pocas cosas bellas, especiales, que no hemos perdido aún. Es duro porque no es lo de todos los días. No estamos acostumbrados a dejarnos la piel por algo incierto. Dar mucho a sabiendas –aunque nos hagamos los locos– de que es algo destinado a terminar más pronto o más temprano es algo que la mayor parte del tiempo se considera una soberana estupidez: salvo cuando te enamoras. Aquí sí que nos implicamos, por eso duele. Es duro por esa sensación de pérdida, por ese "¿tanto para nada?" que nos asalta cuando una ola nos derrumba el castillo, cuando alguien se va. Esa sensación de abandono, desnudez y "qué idiota soy, ¿no?". Volver al punto cero es jodido, para que nos vamos a engañar, quita las ganas.

Hay quien pasa de hacer castillos y se conforma con rebotar alguna piedra sobre el mar. También los hay que no quieren ni oír hablar de amor y prefieren la nada o el vacío de noches sin nombre. También hay quien prefiere el politono de un móvil al hd de un buen equipo. Hay gente para todo. A veces nos cabreamos, le damos una patada a la arena y nos vamos a lanzar piedras. Pero terminamos volviendo la vista sobre los granos de arena e imaginando como quedaría el castillo. Y antes de que nos demos cuenta, estamos levantando murallas y torres de nuevo.

Deberíamos ser ese niño que, tras sacudirse un poco la arena de la cara, vuelve a ponerse manos a la obra, sin haber perdido una sola pizca de ilusión. Ese niño no construye castillos porque le guste contemplarlos sobre la arena, tampoco porque tenga la más mínima esperanza de que aguanten el oleaje. No, lo que de verdad le lleva a construir castillos, a ser indiferente ante los derrumbes, es su pasión por construir castillos. Lo que de verdad importa es el camino, el mientras, el hacer. No el final. Es duro, pero esa es la gracia.


9 de noviembre de 2013

Noviembre.

Estoy helado. Hace frío fuera pero no es eso. Tampoco es una cuestión de sudaderas. Es una sensación horrible, un frío que nada tiene que ver con el exterior. Es como si mis huesos fuesen de hielo y diese igual cuanto me tape. El frío viene de dentro. El abrazo caliente de un trago de whisky es lo único que consigue espantarlo. El arañazo en la garganta y al calor en la cara, el golpe seco que da al caer en el estómago, el agradable cosquilleo que produce al ir extendiendo su calor por el resto del cuerpo, la paz que deja después de haber fundido los huesos de hielo. 

La espanta un poco pero no quita esa sensación de vacío, del frío que transmite una habitación vacía o un cigarro abandonado. Solo de pensarlo dan escalofríos. Nos llenamos con infinidad de objetos, con conversaciones huecas. Ocupamos nuestro tiempo con una sucesión agobiante de tareas y rellenamos los huecos libres con risas enlatadas. Pero al final, detrás de todo eso, detrás de esa aparente abundancia no hay nada. Cartón piedra, atrezo, mera fachada. Suele irnos bien, nadie se da cuenta, ni siquiera nosotros mismos. Todo funciona y rueda a la perfección, somos felices así. Hasta ese momento en el que el frío te invade sin saber muy bien de donde viene. Pero sí sabes de dónde viene. Brota de ese agujero, de ese vacío interior que no hemos conseguido llenar con nada aunque lo hayamos rodeado de cosas para no verlo. De ese pozo viene ese frío. Y solo algunos abrazos consiguen hacerlo retroceder. Solo algunas personas consiguen llenar un poco el pozo.

Los cuentos que nadie quiere escuchar

Es sencillo cantarle a princesas en castillos en las nubes, a príncipes valientes que destriparán dragones y escalarán montañas con los dientes por un simple guiño de su amada. Nos encantan los cuentos de hadas, los héroes sobrehumanos, las hazañas memorables, los amores imposibles. Por eso es sencillo, son nuestros sueños.

También es fácil hablar de noches largas y solitarias, de almas rotas y corazones pisoteados. De imágenes en blanco y negro con muy poco blanco. Somos unos románticos de los ceniceros rebosantes, de vasos firmados con carmín y de botellas casi tan vacías como nosotros; de las noches en vela, las suelas gastadas y los arroyos salados.

Nos gustan ese tipo de historias, bien por ideales soñados, bien por realidades idealizadas. No es tan fácil hablar de sueños destrozados por cuchillas ensangrentadas ni de ahogar las penas en alcohol a diario. Nadie quiere escuchar sobre princesas que escapan de sus castillos a jeringazos, ni de príncipes que destripan ranas para no morirse de hambre. Ni hablar de sucesos mundanos, de personas anónimas ni de amores de vagón de metro.

Ni palabra tampoco de lágrimas que escuecen ni de soledad tan fría como el acero. Las pastillas para esto y lo otro, las cajas de medicamentos cuyos nombres no puedes pronunciar apilándose sin freno y las visitas semanales al loquero no venden tanto como las caritas sonrientes, las pirámides de botellines y las salidas cada finde al local de turno.

Los cuentos reales nadie quiere escucharlos, quieren la versión edulcorada, infantil, la adaptada, la que termina con un vivieron felices o en una sonrisa de anuncio de dentífrico. No quieren las que acaban con una muerte prematura por sobredosis voluntaria de estupefacientes o con una adicción a los ansiolíticos y al alcohol barato antes de los cuarenta.

3 de noviembre de 2013

Siempre merece la pena

Enamorarse es muy bonito pero termina doliendo. O termina en una botella vacía y un regusto amargo en la boca. Es esa misma sensación de domingo por la mañana con una resaca considerable, un par de moratones que no sabes de donde han salido y unos recuerdos fragmentados pero geniales de la noche anterior; momento en el que avanzas hacia la cocina intentando reconciliarte con la realidad. Más o menos a así se siente uno después de un desengaño amoroso: confundido, magullado y sin ninguna gana de salir de salir de la cama.

La verdad es que el parecido entre una noche de fiesta y enamorarse es asombroso. Ambos nos encantan por mucho que a la mañana siguiente digamos "nunca más". Con el tiempo el recuerdo que importa es el de las alegrías y nos morimos de ganas por repetir. Al fin y al cabo son esos momentos de color los que nos alegran la existencia. Por eso siempre merece la pena. Aunque hagas locuras, viertas lágrimas y termine habiendo heridos merece la pena. Merece la pena enamorarse.

Entre apuntes

La biblioteca tiene su encanto.
Tu cara de sueño por estar aprendiendo.
Tu mirada cansada planeando sobre los apuntes.
Cómo te encaramas sobre la mesa para escribir.
Tu cuerpo cuando grita en silencio, con cada gesto, que se muere de sueño.
Tus salidas constantes a por café y tabaco.
Cómo besas el cigarro con gesto nervioso.
Tu voz, un susurro alegre incluso tras horas de estudio.
Y tu sonrisa.
Joder.
Tu sonrisa.