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25 de noviembre de 2013

Love is hard

Amar es duro, como construir un castillo de arena en plena tempestad. Es duro porque sabes que tarde o temprano se va a ir todo a la mierda, pero es estúpidamente precioso porque aún así seguimos construyendo castillos y enamorándonos. 

Es quizá de las pocas cosas bellas, especiales, que no hemos perdido aún. Es duro porque no es lo de todos los días. No estamos acostumbrados a dejarnos la piel por algo incierto. Dar mucho a sabiendas –aunque nos hagamos los locos– de que es algo destinado a terminar más pronto o más temprano es algo que la mayor parte del tiempo se considera una soberana estupidez: salvo cuando te enamoras. Aquí sí que nos implicamos, por eso duele. Es duro por esa sensación de pérdida, por ese "¿tanto para nada?" que nos asalta cuando una ola nos derrumba el castillo, cuando alguien se va. Esa sensación de abandono, desnudez y "qué idiota soy, ¿no?". Volver al punto cero es jodido, para que nos vamos a engañar, quita las ganas.

Hay quien pasa de hacer castillos y se conforma con rebotar alguna piedra sobre el mar. También los hay que no quieren ni oír hablar de amor y prefieren la nada o el vacío de noches sin nombre. También hay quien prefiere el politono de un móvil al hd de un buen equipo. Hay gente para todo. A veces nos cabreamos, le damos una patada a la arena y nos vamos a lanzar piedras. Pero terminamos volviendo la vista sobre los granos de arena e imaginando como quedaría el castillo. Y antes de que nos demos cuenta, estamos levantando murallas y torres de nuevo.

Deberíamos ser ese niño que, tras sacudirse un poco la arena de la cara, vuelve a ponerse manos a la obra, sin haber perdido una sola pizca de ilusión. Ese niño no construye castillos porque le guste contemplarlos sobre la arena, tampoco porque tenga la más mínima esperanza de que aguanten el oleaje. No, lo que de verdad le lleva a construir castillos, a ser indiferente ante los derrumbes, es su pasión por construir castillos. Lo que de verdad importa es el camino, el mientras, el hacer. No el final. Es duro, pero esa es la gracia.


9 de noviembre de 2013

Noviembre.

Estoy helado. Hace frío fuera pero no es eso. Tampoco es una cuestión de sudaderas. Es una sensación horrible, un frío que nada tiene que ver con el exterior. Es como si mis huesos fuesen de hielo y diese igual cuanto me tape. El frío viene de dentro. El abrazo caliente de un trago de whisky es lo único que consigue espantarlo. El arañazo en la garganta y al calor en la cara, el golpe seco que da al caer en el estómago, el agradable cosquilleo que produce al ir extendiendo su calor por el resto del cuerpo, la paz que deja después de haber fundido los huesos de hielo. 

La espanta un poco pero no quita esa sensación de vacío, del frío que transmite una habitación vacía o un cigarro abandonado. Solo de pensarlo dan escalofríos. Nos llenamos con infinidad de objetos, con conversaciones huecas. Ocupamos nuestro tiempo con una sucesión agobiante de tareas y rellenamos los huecos libres con risas enlatadas. Pero al final, detrás de todo eso, detrás de esa aparente abundancia no hay nada. Cartón piedra, atrezo, mera fachada. Suele irnos bien, nadie se da cuenta, ni siquiera nosotros mismos. Todo funciona y rueda a la perfección, somos felices así. Hasta ese momento en el que el frío te invade sin saber muy bien de donde viene. Pero sí sabes de dónde viene. Brota de ese agujero, de ese vacío interior que no hemos conseguido llenar con nada aunque lo hayamos rodeado de cosas para no verlo. De ese pozo viene ese frío. Y solo algunos abrazos consiguen hacerlo retroceder. Solo algunas personas consiguen llenar un poco el pozo.

Los cuentos que nadie quiere escuchar

Es sencillo cantarle a princesas en castillos en las nubes, a príncipes valientes que destriparán dragones y escalarán montañas con los dientes por un simple guiño de su amada. Nos encantan los cuentos de hadas, los héroes sobrehumanos, las hazañas memorables, los amores imposibles. Por eso es sencillo, son nuestros sueños.

También es fácil hablar de noches largas y solitarias, de almas rotas y corazones pisoteados. De imágenes en blanco y negro con muy poco blanco. Somos unos románticos de los ceniceros rebosantes, de vasos firmados con carmín y de botellas casi tan vacías como nosotros; de las noches en vela, las suelas gastadas y los arroyos salados.

Nos gustan ese tipo de historias, bien por ideales soñados, bien por realidades idealizadas. No es tan fácil hablar de sueños destrozados por cuchillas ensangrentadas ni de ahogar las penas en alcohol a diario. Nadie quiere escuchar sobre princesas que escapan de sus castillos a jeringazos, ni de príncipes que destripan ranas para no morirse de hambre. Ni hablar de sucesos mundanos, de personas anónimas ni de amores de vagón de metro.

Ni palabra tampoco de lágrimas que escuecen ni de soledad tan fría como el acero. Las pastillas para esto y lo otro, las cajas de medicamentos cuyos nombres no puedes pronunciar apilándose sin freno y las visitas semanales al loquero no venden tanto como las caritas sonrientes, las pirámides de botellines y las salidas cada finde al local de turno.

Los cuentos reales nadie quiere escucharlos, quieren la versión edulcorada, infantil, la adaptada, la que termina con un vivieron felices o en una sonrisa de anuncio de dentífrico. No quieren las que acaban con una muerte prematura por sobredosis voluntaria de estupefacientes o con una adicción a los ansiolíticos y al alcohol barato antes de los cuarenta.

3 de noviembre de 2013

Siempre merece la pena

Enamorarse es muy bonito pero termina doliendo. O termina en una botella vacía y un regusto amargo en la boca. Es esa misma sensación de domingo por la mañana con una resaca considerable, un par de moratones que no sabes de donde han salido y unos recuerdos fragmentados pero geniales de la noche anterior; momento en el que avanzas hacia la cocina intentando reconciliarte con la realidad. Más o menos a así se siente uno después de un desengaño amoroso: confundido, magullado y sin ninguna gana de salir de salir de la cama.

La verdad es que el parecido entre una noche de fiesta y enamorarse es asombroso. Ambos nos encantan por mucho que a la mañana siguiente digamos "nunca más". Con el tiempo el recuerdo que importa es el de las alegrías y nos morimos de ganas por repetir. Al fin y al cabo son esos momentos de color los que nos alegran la existencia. Por eso siempre merece la pena. Aunque hagas locuras, viertas lágrimas y termine habiendo heridos merece la pena. Merece la pena enamorarse.

Entre apuntes

La biblioteca tiene su encanto.
Tu cara de sueño por estar aprendiendo.
Tu mirada cansada planeando sobre los apuntes.
Cómo te encaramas sobre la mesa para escribir.
Tu cuerpo cuando grita en silencio, con cada gesto, que se muere de sueño.
Tus salidas constantes a por café y tabaco.
Cómo besas el cigarro con gesto nervioso.
Tu voz, un susurro alegre incluso tras horas de estudio.
Y tu sonrisa.
Joder.
Tu sonrisa.

19 de septiembre de 2013

Black is the new black

Nos encanta lo oscuro. No hablo solo del color. Hablo en todos los sentidos de 'oscuro', está por todas partes. Esta avalancha no trae redecillas, ni maquillaje, ni vestidos victorianos ni demás parafernalia gótica. No. Es otro tipo de oscuridad que roza la frontera entre lo rebelde y lo infausto. Un estado de permanente infelicidad casi anhelada porque se lleva ser infeliz. Se llevan los corazones hechos polvo ahogados en alcohol barato, rodeados de una nube de humo y salpicados de lágrimas amargas teñidas de rímel. Se lleva esa atmósfera de misterio más falsa que el decorado de un teatro, que le da consistencia a la actuación e igual te asegure no dormir solo esta noche. Se lleva beber Jack Daniel's porque es, sin duda, mucho más duro, más oscuro y atractivo que un vodka-limón. También se lleva la soledad: el café solo, dormir solo, llorar solo, pasar horas solo delante del ordenador. Se llevan cantarle a la noche y las chupas de cuero de negro, emborracharse en sitios oscuros y estampar a alguien contra una pared (o que te estampen) en sitios aún más oscuros.

Lo marginado, lo que siempre se ha dejado de lado, lo extraño, lo oscuro. Los tatuajes, las drogas, el tango. Las mujeres que matan con una sonrisa, los hombres que se dejan ver muertos. El vaso de bourbon de las 3 a.m. y el fumar como un carretero. El quedarse en la calle hasta el amanecer, no con una sonrisa si no con los tacones en una mano, la botella en la otra y lágrimas en ambos ojos. El porro de después de decir "qué mierda de mundo" y el beber cerveza por beberla.

Igual somos más oscuros de lo que nos creemos normalmente. O más idiotas.

29 de agosto de 2013

Báilame, agua.

Hoy las olas rompen a mis pies y yo solo quiero bailar. Bailar un tango húmedo entre la espuma y romper las tablas bajo las nubes. Narrar con los pies una historia con demasiado alcohol, ceniceros desbordados y poca luz; mientras nuestros cuerpos dibujan un futuro de sueños imposibles y promesas obscenas. Bailar como si no hubiese mañana; o mejor, como si hubiese un mañana que no queremos que llegue. Lanzarse a un descontrolado frenesí perfectamente coordinado, abandonarse a la música, dejarse caer y que te levanten los golpes de acordeón.

Bailar para olvidar errores cometidos,
un tango con mi sombra. Que ella es
la única a la que no puedo pisar los pies,
la única a la que no puedo hacer daño.
Bailar así un tango con la soledad.
Llenar con música los agujeros que me han hecho
los cañones de la razón.

Entregarse, sentir.
Dejarse apuñalar.
Caer, revivir.
Saltar al vacío.
Llorar. Reír.
Perder la cabeza.
Vivir.

Bailar, no con la soledad ni con la razón,
tampoco con sombras ni olas. No.
Bailar con la vida
un tango a muerte.

14 de julio de 2013

Hablemos de alcohol, como siempre

Como todo lo bueno, solo es mejor. Es probablemente el mejor criterio para distinguir lo bueno de lo malo. Si un trago te da arcadas, si necesitas mezclarlo para que entre, no es bueno. Esto se aplica principalmente a los vinos, a los licores y a las personas. 

La calidad no debe mezclarse, sino tomarla tal cual. Con paciencia, a pequeños sorbos, disfrutando. Sin abusar. Se merece tu tiempo y un vaso de verdad, no esas mierdas de plástico. Te recompensará despejándote la mente, con una buena conversación. Ayuda a pasar las frías noches de invierno y las largas noches de verano. Da apoyo cuando hace falta y viene bien a la hora de meditar una decisión importante. Son gente con presencia y lucidez, bebidas con cuerpo y aroma.

Por supuesto, está la opción barata. La que solo entra con litros de mezcla y mucho hielo. La que no se toma nada con moderación y no piensa dos veces las cosas, ni siquiera una. O te la bebes de un trago o no hay quien pueda. Entra fría, te calienta toda la noche y a la mañana siguiente te deja tirado. Es la del clásico ¿qué he hecho?. Esa que a la mañana siguiente, al abrir los ojos, hace que pienses "mierda, nunca más". Por supuesto que no es de fiar, no le confíes ni tus penas ni tu amor. Lo más que vas a sacar es un dolor de cabeza o una mala conciencia, y ganas de vomitar. Puede que incluso las tres. Tiene tendencia a borrar la memoria o nosotros a borrarla de ella, no lo recuerdo.

Aunque así puesto parezca obvia la mejor opción, tendemos a decantarnos por la segunda. Por supuesto que es tentadora. Ayuda a deshacerse de tensiones y sale mucho más barata, económica y sentimentalmente. No nos gusta la sensatez ni la seguridad. Huimos como locos de la razón y la seriedad. Yo el primero. Pero hay muchas direcciones en las que correr cuando huyes de algo y las personas baratas no son ni serán la mejor opción. Todos recurrimos al alcohol de a 4€ la botella de vez en cuando pero es un suicido hacerlo una constante, tan suicidio como ahogarse en él. Es mejor tener unas pocas botellas de las buenas para todo el año que olvidar tu nombre todos los fines de semana. Igual que es mejor la escasa pero buena compañía que una horda de conocidos que en el fondo apenas te conocen.

En cualquier caso, la mejor opción es y será la cerveza con risas. No encaja ni en un lado ni en el otro. Sus consecuencias son imprevisibles y dependen solo del estado de ánimo de los presentes. Y ambas, sin duda, entran solas sin necesidad de mezclarlas con nada.



9 de julio de 2013

Inconfundibles

No están rotas, están melladas. No tienen defectos de fábrica pero la vida es muy puta y pega fuerte. A base de años son un lienzo de golpes y arañazos, de los que te llevas al caerte al suelo, al tirar hacia delante. Los golpes internos no se ven a simple vista, pero se terminan notando. Son, sin duda, los que más marcan. Corazones cosidos a cicatrices, arados con desengaños. Están hechos al uso, cansados de ser usados con tanta frecuencia.

Las personas melladas tienen un aire especial, entre duro y cansado, como los viejos veteranos. Pero sin ser viejas, ni tan veteranas como creen. Una mezcla de la desconfianza de la experiencia sumada a la impulsividad de la juventud. Un cóctel explosivo que termina explotándoles siempre en las manos al grito de "¿ves? ¡ya lo sabías!". Las deja sordas y ciegas durante una temporada pero al final esa gente se queda con ese aire especial. Ese gesto de sé mucho más de lo que parece pero no me voy a molestar en demostrarlo.

Parte de sí la enseñan, parte la dejan a la imaginación, como un buen bailarín de tango. Te las encontrarás en el metro o esperando el autobús, en el bar de abajo o haciendo footing. Son ese chico callado que te cruzas todas las mañanas, la muchacha de la mesa de enfrente y el señor de traje del último piso. Son muchas y diferentes las personas melladas pero a todas se les nota el polvo del camino. Porque aquí, la puta, no perdona a nadie.


26 de junio de 2013

Apenas quedan vinos de las viejas cosechas

El paso firme de aquellos que sienten que el mundo está para que ellos caminen sobre él. La ropa elegantemente discreta. El porte de una estatua griega. Un aire anacrónico al tiempo que atractivo. Andaba con una cuidadosa despreocupación y te regalaba con una sonrisa fresca y natural, mil veces ensayada. Era todo un caballero.

Pero era ese brillo en los ojos, pulido durante años. Era esa elegancia innata aprendida a lo largo de media vida. Era esa calculada indiferencia lo que suspendía sobre el vacío, durante una milésima de segundo, el corazón de cualquier mujer.

Hombres así, de los de modales cuidados y mirada un punto pícara ya no quedan. Solo quedan niños, de los de gestos torpes y mirada estúpida.


El progreso, lo llaman, ese devorador de tradiciones. El agujero negro de la posmodernidad, donde todo vale y nada perdura, donde la fecha de caducidad fue ayer y el pensamiento más sólido no aguanta un soplo de aire.  La tumba de caballeros y buenas costumbres, del placer de un buen coñac y de un tempo relajado.  Matarife de la serenidad y del buen gusto. Modas que se suceden frenéticamente, a cual más ridícula, no son sino un vano intento de tapar todas esas tumbas.